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© 2018, Antonella Franchesqui Powered by EL Lab
Tenía mucho tiempo de no escribir, me cuesta mucho sacar tiempo para hacerlo, a pesar de lo mucho que me libera. También, escribir a pesar de liberador puede ser doloroso, especialmente cuando uno escribe lo que el corazón quiere hablar, pero no puede; es entonces cuando escribir se convierte en algo que asusta… porque es ir a enfrentar al miedo
Podría tratar de ser poeta a la hora de escribir acerca del dolor que embarga mi corazón, pero ni siquiera lo voy a intentar, porque realmente no hay nada que yo pueda escribir que vaya a hacer sonar bonito las últimas pruebas que he vivido en éstos días.
Cómo parte de un proceso de sanación que he vivido los últimos seis meses con mi hijo, hemos llevado (para ser más exacta él) una terapia para ayudarlo a canalizar sus emociones, para que buscando en su interior empiece a salir ese hombre maravilloso que yo sé que él es y que simplemente esta enterrado bajo un montón de escombros de luchas vividas en su corta vida. Ésta terapia nos ha ayudado muchísimo, y digo nos, porque realmente la he llevado de la mano con él y me ha ido sanando a mi también. Sanando de su embarazo no deseado ni planeado, de su nacimiento tan medicalizado, de una infancia vacía… para ambos. De alguna manera compartimos muchas cosas que no sabíamos que compartíamos. Hay un gran camino que recorrer frente a nosotros, porque ésta lucha apenas comienza, pero precisamente porque ya comenzó es que se ha venido la subida del primer escalón de esta escalera, y lo ha subido él solito. Mi hijo me externó el martes 27 de noviembre su deseo de ir a vivir con su papá a San José.
Había pasado muchos años sintiendo temor de que un día llegara diciendome que ya no quería vivir conmigo… y finalmente ése día llegó a mi, sin que yo me diera cuenta que estaba acercando… Ahí estaba yo, frente a él, agradeciendole a Dios que tuviera la capacidad de confrontarme de manera positiva, haciendo uso de sus nuevas habilidades para comunicarse, pero al mismo tiempo sintiendo que  lo que estaba oyendo era una mentira, un muy mal sueño que pronto iba a acabar. Si, el día había llegado y yo no estaba preparada…
Mi hijo se fue el 30 de noviembre, ese día se fue de la mano de su papá a vivir una nueva aventura. Lloré esa semana pocas veces, mientras sentía como crecía en mi garganta una presión, porque no podía llorar. Tenía el cuerpo embargado de emociones: sentía mucho enojo, sí, porque no podía creer que aquello me estuviera pasando a mí; resentimiento, por ver cómo mi hijo mayor, por quién he hecho tanto me abandonaba (porque así me siento) para ir a vivir con su papá?; tristeza, de que se fuera, decepción de él porque me sacaba de su vida, frustración de poder hacer mucho por evitarlo, y saber que mejor no hacía nada.
Cómo soy la mamá de él de largo? se puede ser la mamá responsable, involucrada, atenta que he sido por remoto? En mi cerebro racional, ése que piensa antes de sentir, que se detiene ante una situación y la analiza, no existe la estructura para soportar que mi hijo no viva conmigo…que no sea yo quien recoja sus notas, lo ponga a estudiar, le llame a comer, le pregunte con quién anadaba, conozca a sus amigos…. no sé hacer eso, no sé cómo iniciar una vida alejada de él, porque no recuerdo mi vida antes de Ignacio, no sé ser su mamá de largo.
Instantes después, y durante los días siguientes me encontré luchando internamente por entender cómo iba a vivir mi vida alejada de mi hijo… y habrá gente que se pregunté porque acepté y otorgué el permiso (porque cómo se lo dije a él, te vas porque YO lo permito, porque ni siquiera tu papá se hubiera atrevido a pedirme que te fueras a vivir con él), es más, siento un peso de señalamiento social muy fuerte porque mi hijo no sólo no vive conmigo ahora, si no porque permití que se fuera. Quienes me conocen saben que él siempre ha vivido conmigo, y más aún, que soliamos ser inseparables… o al menos eso creia yo :). Pero tenemos muy buenas razones para alentar y permitir una acercamiento de a su papá, pues a pesar de haber estado toda la vida presente en la vida de él, no fue suficiente, y necesita más. Pienso en su bienestar, su salud, y nada más que su felicidad al darle éste espacio, muy a pesar de que mi cerebro entiende todo, mi corazón lo sangra como si no hubiera entendido nada.
Estoy enojada, ya no tanto como antes; evidentemente, o no tanto, esa emoción irá bajando para darle campo a otras… aceptación será de las primeras imagino… pero hoy, tengo ganas de llorar… llorar porque tengo que aceptar que en quince días mi hijo me ha llamado solamente una vez. Debe de estar extasiado viviendo algo totalmente nuevo y diferente… tengo ganas de llorar porque sé que mi hijo no era feliz acá en Alajuela, a donde vinimos a vivir nuestra vida… siempre extrañó San José, pero vivimos acá ahora, éste es nuestro presente, el mío al menos…. acá esta mi hogar, el que formé con mi esposo y con nuestro nuevo hijo, su hermano. Extraño mucho verlo en la casa, viendo tele, hablando conmigo… lo extraño con todo mi corazón y deseo que esté muy bien y que lo que sea que esté viviendo sea parte de su crecimiento… de ese desarrollo emocional que necesita para poder continuar con su vida… me siento partida… quebrada por dentro… porque una parte de mi vida se fue y la otra vive aquí conmigo… me siento como desacomodada por dentro… no sé donde poner ésta emoción, éste vacio en mi pecho… donde pongo en mi vida el hueco que me dejó su partida? Sé que volverá, vendrá a visitarme, pero… donde pongo mientras tanto su lugar?, ese espacio enorme que es mi amor por él, donde lo pongo para que no me duela tanto que no esté?

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