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TERCER PASO: “DECIDIMOS PONER NUESTRA VOLUNTAD Y NUESTRAS VIDAS AL CUIDADO DE DIOS TAL COMO LO CONCEBIMOS”

Yo hacía tiempo había dejado de creer… hubo una época en la que creía fervorosamente en todo aquello que por dogma me habían enseñado a creer… después deje de creer. ¿Fue porque quedé embarazada soltera y joven?, o ¿porque ese embarazo fue físicamente agotador?, talvés porque simplemente en mi vida “sólo” cosas malas pasaban?… no lo sé, sólo sé que deje de creer en Dios, y empezé a creer más en mi capacidad de hacer que las cosas sucedieran; empezé a creer más en que si me esforzaba, las cosas iban a funcionar y Yo iba a salir adelante, triunfante, y conmigo mi hijo mayor por supuesto. Y así fue, durante un tiempo.

Después de muchos años de sentirme muy felíz, profundamente realizada, con una percepción de mi misma de ser una mujer exitosa (llámese profesional, con un buen trabajo, casada, con un hogar…), sintiendome dueña del mundo, un buen día, no sé cuando ni donde, simplemente me empezé a sentir mal, me empezé a sentir deprimida, frustrada, triste, iracunda… nada a mi alrededor me hacía sentir bien; habían problemas por todos lados, me sentía como un bombero, apagando fuegos todo el tiempo, no había paz, ni tranquilidad. No había felicidad, ni disfrute de aquello por lo que había luchado tanto y que finalmente tenía. Como me creía súper fuerte y capaz, apagaba aquellos fuegos con rapidez, con “sensatez” sin pensarlo. Era eficiente y eficaz atendiendo los problemas que constantemente se desarrollaban a mi alrededor, problemas que por lo general no eran míos; estaba “presta” y siempre alerta a salir a solucionar cualquier situación que se presentara: mi hijo, mi trabajo, mi esposo, mis familiares… Hasta que un buen día exploté… simplemente no pude más… los problemas no paraban de llegar, y Yo en mi afán de saber siempre la verdad, de entender las cosas, de razionalizarlas, tenía ya años de estar buscando “mi felicidad” de andar de terapia en terapia, especialista en especialista, pidiéndole a estas personas que me explicaran ¿porqué Yo era como era?, ¿porqué sufría tanto?, ¿porque mi hijo se comportaba de la manera que lo hacía?, ¿porque el segundo había nacido prematuro?, porqués, porqués… PORQUÉS!! no paraban de llegar a mi mente, atormentándome y Yo le andaba preguntando a personas que no podían responderme. Les pedía explicaciones, y ninguna explicación satisfacía aquel vacío en mi interior que me consumía como una brasa.

Hace pocos días, en una de mis reuniones de CODA, mi madrina me confrontó diciendome: “Antonella, me parece a mí que tu problema es tu espiritualidad” y Yo me quedé viendola porque relamente me sorprendió su planteamiento y le dije: “¿A qué te referís?” y me lo dijo muy claro: “en que no crees, no tenés fe”, solamente pude bajar la mirada y decirle que Yo sabía que eso era cierto. Había dejado de creer que Dios podía hacer las cosas que Yo no podía. Había dejado de orar y pedirle, de darle gracias.

Estaba enojada con Dios, esa era la razón por la que me rehusaba a creer; la razón por la que cada vez que mi mamá me decía: “hija, pidale a Dios que le conceda ese deseo”, Yo le respondía: “¡Ay mami, cualquiera que la oye Dios va a bajar y va a hacer que las cosas sucedan! ¡al santo rezando y con el mazo dando!, las cosas suceden porque UNO las hace mami”, estaba enojada porque me había sentido castigada, y esa es mi verdad. Agotada de problema, tras problema, mas grave el que seguía que el anterior, había dejado de pedirle a Dios que me ayudara… y simplemente me dediqué a trabajar las cosas Yo sola… pero el día que ella me confrontó con esa realidad y me hizo ver que para poder abandonar mi ego, para poder entregar el control y dejar de sentirme ingobernable tenía que empezar a creer que había alguien más que podía arreglar aquello que Yo no podía, como ¿qué?: mi relación con mis padres, sus defectos, mi pasado, su pasado, mis errores, los de ellos… todo aquello que NO estaba en mi control, y saben ¿qué? la verdad ese día, ya hace 4 semanas de hecho, sentada en la terapia grupal, dije abiertamente que Yo no creía en Dios porque me hacía sentir siempre condenada, porque siempre he sentido que lo estoy, no hay nada que Yo haga que me haga sentir “salva”; que no creía que para poder estar a su altura tenía que vivir la vida de una manera que era IMPOSIBLE, ¡por Dios! de veras, lo digo con el corazón en la mano. Pero ese día entendí que aquello que me vendieron era pura religiosidad, y no relación con Dios, ese que de verdad ama y entiende. Me (nos) vendieron que para poder tener relación con Dios, no se puede uno divorciar de un agresor, o rehacer su vida con una nueva persona después de una relación fallida… (y honestamente, la parábola del hijo pródigo no es de lo que estoy hablando), que sólo se puede amar de UNA sola manera… tantos etcéteras que puedo agregar. Si, la verdad cuando veía al cielo, veía la cara de una persona con el ceño fruncido que me señalaba por haber sido (o ser) mal hablada, gritona, haber fumado, tomado y andado de bares… nunca había visto otra cosa.

Hoy no les digo que me siento totalmente “bien”, por decirlo de alguna manera, porque no. Si hice las pases con Dios, en lo que llaman un “acuerdo de caballeros”, le estreché la mano y le dije: “honestamente estoy aquí porque no sé más a donde ir, espero poder llevarme bien con vos, talvés incluso como antes”. Hay gente que se ríe cuando cuento eso, pero de veras que así lo sentí y no tengo otra manera de explicarlo.

Recuperar mi Fe me hizo soltar el ego, poder cerrar los ojos cuando me ataca la ira, o la ansiedad, o la angustía y decir: “Vos que podés lo que Yo no, porrr favoooorrrr, devolveme la paz, llevate mi preocupación”, y cuando abro los ojos, milagrosamente puedo seguir haciendo mis actividades, cuando antes ni eso. Sigo sin ser la más fervorosa de las fieles, pero hoy día le hablo y saben ¿qué? me responde… para mi, eso es simplemente increíble.

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