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© 2018, Antonella Franchesqui Powered by EL Lab
Estimada Doña Lizeth,
le escribo porque esta semana leí la entrada “Yo no quiero ser una mujer buena” de su revista digital, y a pesar de que no calzo totalmente con su definición, no pude aguantarme las ganas de darle mi opinión al respecto.
Verá doña Lizeth, después de leer su entrada, me cuestioné muchísimo si estaba de acuerdo o no con la adjetivación que usted le da (de “bueno”) a un comportamiento que es socialmente normalizado en las mujeres. Me pregunté con la mano en el corazón si las mujeres que, y cito: “…mujeres buenas que mueren y que son portada de los periódicos. Buenas para callarse, buenas para vestirse como quieren los maridos, buenas las que no trabajan para evitar pleitos porque los esposos son celosos, buenas las que no alzan la voz y guardan silencio aunque les peguen, buenas las que van de la casa a la escuela de sus hijos y de la escuela de sus hijos a la casa; buenas las que barren bien, limpian bien, aplanchan bien, sacuden bien y hacen bien el arroz y no reciben ni un cinco, porque todo lo hacen por amor.”, son realmente buenas. Es ése adjetivo el que describe de la mejor manera a las mujeres cuyos comportamientos responden a un sin  fin de problemáticas sociales que tienen años de ser parte de la crianza y educación de las mujeres y niñas, no sólo de la sociedad costarricense, si no a nivel mundial? No lo sé, y como dicen que no hay corazón traidor al dueño, me atrevo a decir que no.
Desde el planteamiento del feminismo doña Lizeth, se desea que haya igualdad entre hombres y mujeres, pero verá, personalmente no es ese mi deseo para mis congéneres. Siendo feminista como lo soy, mi deseo es que todas las mujeres del mundo estén empoderadas, ahí en donde se encuentren, haciendo lo que estén haciendo, no importa que sea eso que estén haciendo. Desde la realización académica y profesional, como la realización través de la maternidad… en fin… mi deseo es que todas las mujeres del mundo puedan tomar decisiones empoderadas, con libertad, sin perjuicios, sin señalamientos sociales, ni de género, ni religioso… de ningún tipo. Que aquella congénere que desee convertirse en madre, porque eso es lo que desea hacer, pueda hacerlo sin la presión de tener que volver al trabajo (si es que trabajaba) después de tener un hijo porque “no te vas a quedar en la casa haciendo nada” (como si en la casa no se trabajara… como si cuidar de un hijo fuera nada…  desvalorizar el trabajo en el hogar y el cuido de los niños es lo que hace que los hombres por sí mismos no hagan las cosas doña Lizeth, asignarle un valor igual a nada es lo que hace que si un hombre hace labores domésticas o cuida a sus propios hijos en igualdad de condiciones junto a su pareja es: “un hombre colaborador, muy bueno y atento” y tiene uno “mucha suerte” de ser su pareja y debe de agradecerle al cielo; que un hombre haga frente a las actividades propias del hogar lo hace un CO RESPONSABLE del hogar no un querubín; pero si somos nosotras mismas las que lo hacemos nos vemos por debajo del hombro y es por eso mismo que no logramos criar a nuestros hijos varones para que rompan esta percepción de sí mismos de merecimiento); o de quedarse en la casa porque “no vas a dejar a tus hijos en manos de cualquiera para ir a trabajar”. Que cualquier mujer en el mundo pueda decidir no tener hijos sin que le digan “no conocerás amor verdadero hasta que seas madre” o “ya cambiarás de opinión cuando llegue el hombre correcto” como si ser madre o no dependiera del hombre correcto y no de una decisión consciente de la mujer sobre su propia vida y cuerpo; o que a las mujeres nos pregunten por el balance de vida profesional y personal (porque desde ya se asume que los hombres no hacen “life balance”, sólo las mujeres sacrificamos algo cuando nuestra carrera profesional se dispara). Deseo que las mujeres puedan vestirse como así lo deseen, caminar tranquilas sin vivir acoso callejero; que puedan escoger qué estudiar sin que antes se cuestionen si la carrera es una típica de hombres, sopesando así el riesgo o no de cursarla.
Doña Lizeth, todo lo anterior lo menciono porque deseo que como mujeres seamos capaces de apoyarnos unas a las otras: que si dió de mamar (cochina exhibicionista), que si dió cupón (vaga), que si se pone una mini falda (sin ser una ofrecida), o un cuello de tortuga (sin ser mojigata). Que si se la pasa metida en la iglesia, pero que no la tilden de “sor mengana” como le pasaba a mi mamá porque ella lo único que hacía era rezar por la conversión de ese hombre con el que se casó… diay es que era lo único que sabía hacer!, o al menos que creía que podía hacer.
Doña Lizeth, creer que las mujeres buenas son las que usted comenta en su entrada es sin más una falta de respeto. Estas mujeres no merecen que se les adjetive de esa manera, y eso es, en mi humilde opinión, una forma más del abuso al que son sometidas día a día por aquello que aprendieron y que como una impronta está escrito en su inconsciente, y reproducen día a día sin cuestionar, porque simplemente no saben hacer otra cosa… es revictimizarlas doña Lizeth. Ellas creen que ser mujer es ser, pues diay, eso que tan bien en-lista usted. Victimas del patriarcado, van por la vida sirviendo, nunca sirviéndose; cuidando, nunca cuidándose; “rajando” con los logros ajenos (sus hijos, hermanos, maridos), nunca de los propios. Aguantando que les peguen, que les griten, no ser dueñas de nada, ni de “un cinco” cómo dijo usted. Decir que una mujer buena, doña Lizeth, es aquella que guarda silencio aunque el marido le pegue, es no tener no sólo ni la mas mínima conciencia del grave problema social de violencia doméstica en el que estamos sumidos como sociedad, si no también no tener el mínimo respeto por las mujeres que día a día reciben golpes físicos (y de cualquier índole) en nuestro país y el mundo, y que de paso mueren por éstos. Se lo digo con mucho respeto.
En fin doña Lizeth, que la revictimizacion que como mujeres le hacemos a otras mujeres, es tan dañina como las mismas bases sobre las que se sustenta el abuso; en vez de eso, deberíamos estar apoyándonos, creando encadenamientos empoderantes para que todas las mujeres obtengan el apoyo terapéutico que necesitan (si es que eso es lo que necesitan) para empezar a desarrollarse; no sólo desde la más tierna infancia, rompiendo los paradigmas de crianza (cómo el que nos ocupa en ésta conversación), si no también cuando ya son adultos y no cuentan con medios (emocionales, sociales, económicos) para salir de los ciclos de abuso, de violencia. No es justo doña Lizeth que asignemos el valor de una mujer, cualquiera, únicamente a través de los logros económicos, profesionales, culturales, sin antes asegurarnos que hay igualdad de acceso a estos para TODAS las mujeres. Hacer eso no es buscar ni fomentar la liberación femenina. es por el contrario encadenarla, atarla. Creer que estos logros que menciono llegan únicamente a través de una determinación personal de cambiar una conducta es carecer de suficiente información al respecto de la profundidad y alcance de las leyes del patriarcado, de las demandas sociales de qué es y para qué sirve la mujer en la psique femenina, y de paso no tener idea de cómo es que se gestan. Adjetivar a las mujeres que aguantan que les peguen como buenas, es una grosería doña Lizeth. Ayúdenos a cambiar la percepción de que las mujeres que mueren por golpes (ya sea de los maridos, padres, novios) son buenas, y mas bien ayúdenos llamarlas por su nombre: víctimas, para que de ésta manera no se aborde un tema que requiere de mucha sensibilidad social, de una manera tan ligera. Ayúdenos a concientizar que las mujeres deben de ser libres de vivir su vida de manera empoderada, decidiendo todos los días que hacer: si lavar, planchar, cocinar, cuidar hijos, no tener un salario porque es lo que, básicamente, les da la gana, o salir a ganarse un salario, estudiar, tener reuniones, o poner su propia empresa; en fin doña Lizeth, ayúdenos con su poder personal a que como mujeres nos respetemos, nos ayudemos mutuamente, a que no nos rebajemos como mujeres por las decisiones que de manera consciente o no, hemos hecho en nuestra vida. No vale más, o es mejor ni excelente una mujer que lava platos en el hogar por convicción, o por sumisión y violencia, que una que sale a trabajar a una oficina frente a una computadora o toma decisiones en una mesa junto a una junta directiva; tampoco lo es la que sale a planchar ajeno, que una que trabaja en una fábrica mal pagada ni explotada. Criemos niñas respetuosas de sus congéneres, de manera tal que si escuchan a alguna amiga decir que están lavando o limpiando la casa, no les digan que son unas buenazas, si no que simplemente no les digan nada, porque respetan las decisiones de sus amigas, porque saben que su valor no reside en sus actividades, reside en su ser, en ser seres humanos. Revindiquemos doña Lizeth, nuestra posición frente a las actividades típicamente femeninas, y desmitifiquemos los roles de género, tratémonos con respeto como seres humanos y dediquémonos a crear un mundo donde no se necesite de ningún movimiento que defienda a nadie, si no uno donde vivamos haciendo las cosas con nuestro poder personal, y ya.

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No voy  a cerrar mi entrada autodefiniendome dentro del concepto que usted planteó porque honestamente yo aspiro a ser una mujer libre. Libre de ataduras, de cargas emocionales, de culpas, de demandas sociales; quiero ser libre y no tanto buena ni excelente, porque no quiero responder a ninguna ponencia que me someta a un solo comportamiento socialmente aceptado o promovido, por el contrario, quiero ir por la vida viviendo, respirando, soñando y haciendo de éste un mundo mejor.
Saludos Cordiales,
Antonella Franchesqui

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